Del Otro a lo Otro

Germán Vargas Guillén

Bogotá, julio de 2019

 

Más allá de toda reparación de John Nomesqui cuestiona el centro de la idea de justicia que hemos heredado de las filosofías de la alteridad. Si bien las figuras emblemáticas del Otro son: el huérfano, la viuda, el extranjero y, en todo caso, el pobre: lo que pone en cuestión esta obra —también en la estela de sus antecedentes, por ejemplo, en Árboles caídos en combate (2018)— es, en su conjunto, el antropocentrismo. No hay duda, los humanos son —puesto que somos quienes interrogamos— el punto basilar de todo cuestionar, de todo interpelar. Pero lo que nos concierne no puede ser sólo lo anímico, también lo vivo y lo físico nos tienen que interrogar.

Sabemos que la reparación es, en todos los casos, incompleta. Se pueden dar cifras económicas astronómicas por la víctima de un falso positivo; pero ya nunca volverá a dejar oír su voz, sus pasos, su presencia entre sus seres queridos. Se puede dar casa a quienes se les mueve de su sito para hacer una presa, que demanda el progreso; pero no se puede trastear la historia, los recuerdos, la memoria y los sitios donde se hace vida cada ir hacia atrás —el recuerdo, la anamnesis— o hacia delante —el proyecto, el provenir, la perspectiva de futuro, su recuerdo—.

Las víctimas son la sangre que clama justicia. La reparación es necesaria, pero siempre queda a medio camino entre hecatombe y la promesa. Por eso se hace imperativo el perdón; y no sólo otorgarlo, también pedirlo. Pero seguimos hablando y pensando como meros humanos. ¿Qué hacer cuando la debacle se torna, por ejemplo, ecocidio? ¿Qué hacer cuando el reclamo de justicia no puede ser restituido por la vida devastada? En fin, ¿cómo entender la injusticia con el entorno, con el medio ambiente, con la vida silenciosa de las plantas, de los árboles, de los bosques?

Nuestra historia nos ha mostrado que la naturaleza es el campo de combate de los diferentes enfrentamientos, de los diversos sectores en confrontación dentro de la guerra. Ahora no nos preguntamos solamente por la posibilidad de sobrevivencia de los humanos sobre la faz de la tierra; nos interpela la sobrevivencia de las especies vivas: fauna y flora. Nos preguntamos: ¿cómo será la vida, con y sin humanos, después de los desmanes que se ciernen ante nuestros ojos?

Estos árboles mutilados, de esta y otras expresiones plásticas de J. Nomesqui, no sólo son tomados por sus manos de artista para hacernos ver que aún queda la esperanza, que aún tenemos la vida. Sí, ésta es frágil. Pero todavía estamos a punto de decidir, de decir sí a la vida —siempre abundante e incluso exuberante— si nos abrimos a recibirla como don. Este don no sólo es gratuito, sino que es abundante. Pero los humanos hemos luchado por su exterminio.

Tal vez una dosis de egoísmo lleve a que este desafío se transforme en una acción positiva, afirmativa: pensar en nuestros sucesores, hijos, nietos. Pero más allá está el sentido, la vida que clama y reclama por llegar a plenitud. Nomesqui nos pone en la fusión entre natura y cultura. En esta exposición, su obra se basa en los muñones de árboles, que siguen o prolongan su vida, camino a su sequedad; pero su intervención con los entorchados son cuerdas o hilos que cubren con sucesivas capas otras capas, que emulan la plata y el oro, que conjuga colores naturales con los labrados o los cultivados plásticamente; con orificios que abren el misterio de lo oculto. Allí la trama no sólo es textura, sino evocación de los sonidos del bosque que se ha tornado, ahora: luz, color, visibilidad de lo infinito de lo posible con otro hilo de seda o de metal enroscado a su alrededor, como instrumentos musicales y bordados que abren lo inédito de la posibilidad, del sentido, de lo Otro: ahora natura de la que venimos y hacia la cual vamos.