Tejer y escribir: durar.

Por

Mario Opazo

Artista (Chile)

Escuela de Artes plásticas. Facultad de Artes. Universidad Nacional de Colombia.

“Hay acciones que consisten en decir yo”

Jacques Derrida

Asumir una escritura autobiográfica, por ejemplo, implica la persecución incansable de un fantasma, quizá no se pueda determinar aquí y ahora a ese yo que se intenta narrar, a esa sustancia fugitiva inatrapable. Si bien la captura de un yo determinado es improbable, irreductible, innombrable, a pesar de ello – aún en el fracaso de concretarlo –, el acto mismo de la escritura se constituye en una forma de decir yo.

 

La escritura es el acto de la marcación física, de la huella, de la actualización del texto. Ese entramado de potencia que llamamos texto, es un complejo sistema de fuerzas que reclama un cuerpo; el término viene de textil y es en potencia, es decir, anuncia un modo de ser real sin cuerpo, fantasmagórico. En tanto potencia, el texto resuelve su cuerpo en la escritura, así como el mito en el rito y la memoria en la experiencia.

 

La escritura es finita, delimita, incluye y a la vez excluye; lo incluido de cierto modo nombra lo excluido; lo escrito ocupa espacio, produce tramas, se despliega en el tiempo. El gesto abre espacio en la piedra, la consume, la socava, hace lecho al sentido cuneiforme que se encuna, se instala en la cuenca. Lo propio hace el grafo en la superficie, desplegando el gesto caligráfico como modo de ser del trayecto: sonoro en la palabra, silencioso en el ideograma – esa escritura lejana que le abre espacio a la imaginación –.

 

El espacio y el tiempo se alternan en el pentagrama (Vacío y lleno, lleno y vacío – como ritmo –.) va la música en el signo, el edificio objetivado en el plano, la gravedad, lo relativo van siendo dichas por la ecuación, la aritmética en el ábaco, la estadística en el quipu, lo digital en lo binario, el avance en el paso y el territorio en el camino.

 

Tejer es escribir bloques de tramas – duración, es vincular trayectos.

 

La obra de John Nomesqui es escritural, es persecución del fantasma, insistencia en el tejer como proceso que consiste en decir yo. En su profundidad, habla una mitología personal abocada a lo gregario, a esa enorme  familia que somos. Su acción se hace torrente sanguíneo, ritmo que vincula los cuerpos, propagación que los completa, memoria que los restaura, tiempo que los reanima, rito que apela a la memoria, como tiempo retroactivo o acumulación de lo inolvidable; porque el papel fue árbol y éste, antes de ser escritura árbol fue en potencia trama de fuerzas: semilla – agua – aire­ – tierra – sol. Su gesto retoma y cabalga el movimiento, esa secuencia continua de tensiones entre la potencia y el acto.

 

En la exposición “Con sumo cuidado”, Nomesqui presenta en conjunto, las piezas escultóricas que ha venido desarrollando desde el año 2016, en ellas, el tejido de hilazas hechas de papel reutilizado y residuos, completa a manera de prótesis la forma de robustos troncos. Los fragmentos de árbol cercenados, promueven la acción de tejer, orientando su sentido hacia una labor fraternal, filial entre hombre y naturaleza. Lo que podría evocar un bosque configurado por la memoria, a la vez, se abre como intervalo poético, como esa zona antigua y profunda visitada por el poeta,  el lugar dónde las cosas no tienen nombre y que según María Zambrano: “(…) el poeta en la imposibilidad de nombrar esas cosas, tiene como único recurso: acompañarlas y amarlas”.

 

Aún en su distancia poética, en ese territorio metafórico natal de la imagen, la obra de Nomesqui colinda la realidad, visita la ruina, se hace testigo; también aparece el nuevo día, la reconciliación. La actividad del artista implica labor y acción, o sea, su gesto se despliega como producción de lo vital y como poder transformador. La obra encarna un gesto biopolítico.

 

Entre otras alusiones, hay una que me conmueve, la obra alude al concepto de duración propuesto por Henri Bergson: “ Nuestro sol irradia luz y calor más allá del planeta más lejano. Y, por otra parte, se mueve, arrastrando consigo los planetas y sus satélites en una dirección determinada. El hilo que le une al resto del  universo es sin duda muy tenue. Y, sin embargo, a lo largo de este hilo se transmite, hasta la parcela más pequeña del mundo en que vivimos, la duración inmanente de todo el universo”.